miércoles, 4 de julio de 2012

Oh, well



Perdí la visión hace tiempo. Nunca la recuperé y sé lo que digo: estoy muerta. Me llené de vuestras cosas y ya no hubo más espacio. Fue una tontería. Dejé de encontrar mi nombre en la piedra y en las materias bastas, o en la piel, en los encuentros. Nada resonó ya.

Puedes jugar ahora, juega, no será nada serio: otra de tus excursiones frívolas, de tus medias verdades... No está en los libros, en ninguno de ellos; ningún amigo tuyo sabe ni media palabra. ¿Crees que alguien te lo va a decir, como si fuera un chisme, que se puede mercadear con ello? ¡Ni siquiera sabes de lo que estoy hablando!. Eres incapaz de verlo, tú no vienes de allí...

Ni una sola vez me reconociste. Yo, en cambio, me deshacía por estar contigo, perdiéndome en cada una de esas calles, póstuma, extranjera incluso para mí, sin un reproche, sólo buscándote y deshaciéndome, muriéndome sin la menor respuesta...
El ruido me aturdía, las conversaciones, la agresión en cada gesto y cada palabra, la falta de pureza en todo... y sonreía nada más, porque no puedo haceros daño, no estaba allí para eso, nunca lo estuve... Sólo sonreía. Sonreía y me gastaba, me iba dejando por el camino. ¿Pensabas aquello de verdad cuando me lo dijiste?, ¿sabías que ya no habría refugio para mí?, ¿me sacrificaste para tenerme a mano, disminuida?, ¿calculaste eso también? Se fue el calor y me dejasteis vivir entre vosotros... Qué absurdo. Qué malentendido.


Mírame ahora, acércate... ¿ves quién era yo, lo ves ahora?

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sábado, 9 de junio de 2012

Blade Runner Blues


"Lo mío con D. resistió un par de años.
Se lo debía todo a él, las posibilidades abiertas, seguir con vida... alargó lo nuestro, esa alianza, haber partido de la misma destrucción, aunque D. evitó siempre explotarlo -me quería- y yo me dejaba crecer mientras, anudándome por dentro; los mimbres eran fuertes, no había nada malo en mí, nada, y D. tenía que darse cuenta, ver el proceso, cómo nos situaba en trayectorias que divergían cada vez más, cómo aparecía una nueva Rachel, la de verdad, lo mezquino -e inútil- que sería detenerlo...
[Silencio]
Esa, esa continuidad que nos imponemos para vivir, ¿sabes?... existe, sí, no es una ficción -no del todo, quiero decir- pero nos separa. Tenemos varios ritmos y varias vidas dentro. ¿Quién predice las armonías?, ¿cuándo puedes decir que se han acabado, que ya no más? Para el amor, sería mucho más fácil morir y renacer, morir y renacer, mil veces... sí, mucho más sencillo" [sonríe].

[Sale de la habitación, regresa con dos tazas en la mano, te da una]
"Hay quien lucha por mejorar al otro, ¿sabes?... Es una forma dulce de empezarlo, de decirte -y decirle- "no me gustas, no del todo", una crueldad, tierna todavía, inconsciente. Pero qué daño hacemos [sonríe], no lo podemos evitar, supongo [se acomoda en el sillón]. Nos relacionamos así... "Yo sí te veo, nadie más, ni tú mismo", aunque no le digas esto a ningún hombre, claro [sonríe], pero cuando lo piensas... ya está. Cederás, te rebajarás, y lo mismo hará él, si merece la pena, si cree. Y tendréis un híbrido de los dos que no es de nadie -ni tuyo, ni suyo, ni de la suma-, con su lógica egoísta y necesaria y sus inercias, un híbrido que viva en lugares estrechos, bajos, muy bajos...
Es a mí a quien suele oprimir ese techo a media altura, ¿sabes?, soy yo la que vive forzada, encogida, ladeando la cabeza como Alicia en aquel libro, mientras ellos se acomodan y ya no empujan en ninguna dirección, las paredes comprimiéndose y tú aguantando, sólo tú, creciendo en una habitación más y más reducida, protegiéndole... ¿Por qué siempre es así?, ¿será que no sé querer, que no encuentro la manera, en el fondo?..." [ríe]

                                                         "Rachel. No llevo mucho tiempo aquí, no.

"Con D.: escapamos de la ciudad. Surcamos el verde -nunca había visto un espacio así de abstracto y cálido, mi casa, ni en los implantes de memoria de la Tyrell Corporation-, huyendo para siempre de algo o alguien, ¿sabes?, esa condena. No había perseguidor, nunca lo hubo -nos olvidaron, era lo más lógico-, pero corres y corres y sientes el vértigo del mundo nuevo y las leyes por descubrir, compartidas, de los dos, cuando en realidad no sabes nada, ni de ti, ni de él, ni del tiempo o la erosión, ni de la rebaja de los factores... Yo, al menos, no lo sabía. Muerta, sin pasado, me aferraba a lo vital, a las coordenadas esenciales, estrictamente. Me sentía frágil como un bebé, lo era. Sobrevivía en lo sencillo con una intensidad firme, emocionada, y él, sólo él era mi eje. Pero mi renacimiento fue tan distinto, tan completo... Mis heridas eran mucho más jóvenes que las suyas. Mis heridas."

                                                         "Dejé de huir mucho antes que D. [sonríe]". 

"Invertimos los papeles muy pronto y se acabó. Sólo eso. Pero le curé. Nunca fui egoísta: le curé, se acabó todo y después nací yo, a  mi ritmo."




                                                                                                    -- "¿Le gusta nuestro búho?"
                                                                                                    -- "¿Es artificial?"
                                                                                                    -- "Naturalmente"

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jueves, 5 de abril de 2012

Los comienzos son tiempos delicados



"... No es una fotografía de la realidad: es una fotografía de una fotografía de la realidad" (Stanley Kubrick)

I

En cuanto escampó la tormenta:
-- "Tenía que arreglar aquello. ¿Vienes al Huertón, Rosina?, ¿vamos las dos?, ¿sí? Pues ponte las botas, corre..."
Llevaba toda la tarde encerrada por la lluvia: no hacía falta que me lo preguntaran dos veces. Los tirabuzones en la boca, escalera arriba; las botas de goma rojas, brillantes; el claqueo de los escalones de madera, bajando atropellada.
-- "¿Ya estás? Qué rapidez, si fuera siempre así... Hala, pues vamos."
Agarré la mano nudosa de la abuela y salimos de la casa. El sol asomaba con fuerza entre el cielo añíl. El delantal de ella con el estampado fundido, mal cerrado, se me metía en la cara, pero qué me iba a importar, todo lo contrario: íbamos al Huertón.

El Huertón era un solar que estaba justo detrás de la casa. Como terreno, de lado hacía casi el doble que el que nosotros teníamos, y eso que el nuestro era de los más-que-medianos (entre casa, cuadra, panera, etc). En otros tiempos, debió de haber alguna construcción, una casa, un almacén, algo, por los azulejos que afloraban aquí y allí, digo, en medio del prado. Yo les ponía caracoles sobre la superficie lisa, para que soltasen el rastro brillante, que "hicieran dibujos" como les susurraba, y ese día era de tormenta, además, habría montones...
La abuela iba cada poco. Le gustaba el Huertón -se estaba bien, tranquila- y además le sacaba beneficio a un rincón que había plantado, pequeñísimo: cuatro lechugas, patata, alguna berza, lo normal. El nombre del "Huertón" se lo puso ella, por lo que me dijo Madre, así con sorna, y acabó por nombrar a toda la finca, al menos en familia, entre nosotros. Si mi abuela tenía o no los derechos de propiedad, eso no lo sé, tampoco es que me preocupara; a los cinco años, estas cosas son bien fáciles, ni papeles ni nada: el solar estaba "abandonado", era enorme y allí plantaba mi abuela... ergo era de mi abuela. Nadie se quejó nunca y en los pueblos ya se sabe, así que...
-- "Hala, juega un poquitín a tu aire, Rosina, ¿qué vas a hacer aquí conmigo, si voy a tardar?"

Había muchos caracoles. El sol reflejaba los rastros secos, sí. Eran fosforescentes. Hasta el blanco del azulejo dolía a la vista.

Hice un ramo con margaritas. Las cogí con cuidado (no más de cinco o seis, porque las quería sueltas, vistosas) y se las llevé a la abuela; le pedí el ramo, el ramo, el ramo: paró la faena -sudaba-, las manos gruesas se quitaron la tierra -negra como la borra del café- y con un tallito anudaron el haz, trabajosamente. Prometí cuidarlo, llevárselo tal cual a Madre.

II

El Huertón compartía pared lindera con nuestra casa. Me asombraba que al otro lado de aquel murote de piedra, cuando yo jugaba en la cocina, estuviera nada menos que el Huertón, y me lo imaginaba... los azulejos, el prao, las arañitas y los bichos, la maleza crecida como un bosque -era de alta como los árboles, sigue ahí-. A centímetros. Pero nunca me metí en la espesura, y hacía dos tercios casi del solar; le tenía un poco de miedo. Me contentaba siempre con pequeñas aproximaciones en la jungla, unos pasos, detenidos en seco por la voz de mi abuela o la de Madre. O llegaba yo sola -el día que no me vigilaban- al mismo punto, siempre el mismo, y, entonces, cuando no aguantaba más de miedo, el calorcito ése en la barriga, de nervios, echaba a correr de vuelta, a brincos, por la emoción y por si algo me agarraba por la espalda.
Ese día reuní el valor, no sé por qué. Apareció la idea, sin más; ni lo había planeado ni nada. Y esta vez sí, no sería cobarde, iría hasta el final, hasta la pared de ladrillo, la escondida que me había dicho Nines -la del Cartero-: según Nines, arrancaba de la de piedra de nuestra casa, formando un ángulo recto (no me lo dijo así, claro), derruido pero con buena altura ("como nosotras de alto"), y prolongándose cosa de un metro o metro y medio ("mucho", decía Nines). Era un secreto, el "muro secreto", como me decía al oído y en voz baja, la muy estúpida. Otro día hablo de Nines, que ésa da para un suelto; éramos muy nenas entonces, todavía nos llevábamos bien.
En fin, que llegué fácil al punto de siempre. Había camino
de eso hecho más allá, entre la maleza -ya lo sabía yo, claro-. Me paro unos segundos y, oye, como si me empujaran: sin pensarlo, ya estaba caminando. Estaba desconocida, como si no fuera yo y me mirara de lejos... Las ramitas y cardos se iban metiendo en el sendero y éste, a cada paso, se estrechaba más y más, igual que un túnel. Con el miedo y los roces en la piel, iba rápido, se entiende, aumentando la velocidad. Hasta que llegué al fondo, el corazón latiendo como un tambor, al muro de piedra y, sí, donde decía Nines, al muro de ladrillo, el calvero.
No sé lo que me pasó; no eran imaginaciones. Me quedé allí plantada, pero plantada de verdad, que no podía moverme, ni avanzar ni retroceder, aturdida. El tambor golpeaba las sienes: bom, bom. Miraba las piedras como si no hubiera otra cosa en el mundo, renegridas por algún fuego, la mancha oscura saliendo del muro de mi casa y extendiéndose al de ladrillo rojo y gastado, como una pasta muy sucia. Aquella mancha. Bom, bom. No podía dejar de mirarla; era espesa, como de alquitrán. Bom. Oí la voz de la abuela a lo lejos, llamándome. No podía reaccionar. Era toda mirada, sólo eso, ojos; me costaba hasta la respiración. Lo único que pude hacer, y con mucho esfuerzo, fue abrir la mano del ramito, que las flores se cayeran al suelo de ladrillo pisao y trizao. Me acuerdo que ahí sentí una pena muy grande, una cosa... como si dieran en un pozo, las flores. "
Rosinaaa, Rosa..." y, entre dientes, "¿pero dónde se metió esta cría?". La voz se acercaba. Oía las ramas también, y cómo iba pisando, los ruidos. Hasta que el delantal se puso a mi lado -tardó bastante-: "¿qué haces aquí tú sola?... ¡y sin contestar cuando te llamo! La de veces que te diría que no, que en esta parte no, ni acercarse, pero tú nada, cabezona, venga a ir a la maleza. ¡Ya pensé que te había perdido y todo!" y "Nos vamos, eh, que no tengo ganas de jugar..." Yo seguía atrapada por la mancha del fuego antiguo, aturdida -me gusta esa palabra: aturdida-; aturdida es como estaba, que no podía ni hablar ni moverme, jadeaba nada más, del cansancio supongo, no sé. Extendí el brazo, le señalé la mancha a la abuela y la miré, como si le preguntara. Ella sonrió. "Pero qué me dices, Rosina, ¿que estás así, toda asustada, por eso? Un fuego, es un fuego de hace mucho, de años ¿nunca viste un fuego? ¡Menuda cosa, mujer!" y, más suave, "Si es que no tenías que haberte metido aquí, justo aquí tú sola no. Con lo pequeña que eres. ¿Por qué crees que te lo digo, eh? Hala, venga, bastó ya, vámonos..." Pero la vi, vi la tensión en su sonrisa. Le respondí con un tono muy sereno, nada infantil, la voz ésa grave que ni yo me conocía entonces -pude oírme hablar: hablaba y me oía, hablaba y me oía-, y con autoridad, ¿sabes?, una autoridad que la espantó, vaya si la espantó -lo vi en sus ojos, la estaba mirando fijamente, la atravesaba-:
-- "A mí no me mientas".


sábado, 17 de marzo de 2012

En el Pabellón





(Sentados en dos sillas de mimbre, amplias, en el jardín frente al Pabellón, con vistas a la cordillera y el valle, ambos muy abrigados y con sombrero, bajo una manta gruesa).

--- ¿Sabe qué es lo peor? Que nos ha llegado tarde.
--- ¿Tarde?
--- Sí, tarde. Hay un tiempo para todo, incluso para esto. Si hubiera sido en la veintena...
--- ... ¡La veintena! (ríe)
--- (Riendo) Sí, sí, la veintena. Mejor es que no llegue, claro, pero si llega -que siempre llega-... En el momento oportuno, no sé si me entiende. Viene la enfermedad y hay que pararse un poco, darse tiempo. Y tener la convicción de que ese tiempo le sirve a uno, que se le pone a su servicio, como si dijéramos...
--- Me toma usted el pelo.
--- En absoluto. Recuérdese a los veinte años, haga el experimento. Tiene usted veinte años ahora mismo, sí, no se ría, ya ve qué suerte, tiene usted veinte años y se encuentra en esta situación nuestra de ahora, aquí sentado en el Pabellón: hágame caso, con veinte años no tendría más que corregir su posición en el tiempo, frenar algo la marcha, nada más. Las cosas del mundo se le ofrecerían y podría aprovecharlas; sólo con no abalanzarse hacia ellas, que es lo natural a esa edad... Habría algún ajuste, los inicios ya se sabe, hasta acostumbrarse... pero la experiencia le aprovecharía, no tenga duda. Más que una convalecencia, sería una oportunidad. Y usted, tan joven como para creer en lo sagrado de la causa...
--- ... La sagrada causa de uno mismo. Se pone usted algo espeso, si me lo permite.
--- (Riendo) Sí, la causa de uno mismo, justamente.
--- Y, según usted, mein Herr, bastaría con creer en algo tan absurdo, contando a favor ese tiempecito por delante y el egoísmo o la inocencia de la edad. Algo habría, un crecimiento, una maduracioncilla...
--- Sin duda. Chocante, pero así es: el joven cree en sí mismo porque es el centro de su mundo y, al creerlo, así dispone el mundo que le rodea, en cierto modo. Creer es crear. Como en uno de esos cuentos orientales que tanto le gustan, Hermann. Paradoja, malentendido, llámelo usted como quiera. La vida tiene estas cosas. La verdad es que me parece oírle hablar con mi voz, suena muy suyo...
--- Incluso en el dolor...
--- Incluso en el dolor... ¡y por su causa!. Lo sabe usted bien: el dolor le vuelve a uno hacia sí... y este dolor crónico más todavía. No hay escapatoria. Al veinteañero le trae tiempo, tiempo para dedicarse y mucho más: el mismo movimiento que en la salud, con el eje de siempre, es decir, él mismo, pero con la novedad de que las cosas del mundo se le vierten ahora dentro, ellas solas. Un hombre joven aprovechará ese tiempo, es casi una ley, Hermann. Para nosotros, en cambio... el cuerpo y sólo el cuerpo es el que nos grita y (señalando el paisaje) ni una vista como ésta te arranca de lo que eres, un pobre hombre que no tiene nada de "sagrado" y bajo una manta, en el sufrimiento.

Breve silencio, los hombres se quedan pensativos.

--- (Tono más bajo, casi susurrado, tranquilo) ¿Sabe? No le digo que no, mein Herr... A nuestra edad hace ya mucho que nos olvidamos de nosotros mismos, que nos dedicamos a los otros -y entre "los otros" yo incluiría al propio personaje de uno, que conste-... a cuidar hijitos, productos, esposa, librillos, ideítas, paisajes, yo qué sé... Ni nos dimos cuenta, tras los años egoístas -que también son necesarios, supongo-. Podría ser "natural" y lo que usted quiera, pero hay más, confesémoslo: estuvimos cómodos, eso era lo peor, nos acostumbramos a perdernos de vista y llevamos media vida en ello. No, no se alarme, no voy a salir con mis filosofías de la India. Ni con misticismos. Quiero decir que el malentendido a los veinte era permanecer ahí, en el centro de todo, pero que a nuestra edad quizá sea no estar ya en ninguna parte, no vernos siquiera. (Se incorpora y gira hacia su interlocutor, la manta se le desliza del pecho sin que haga ademán de recogerla) Seamos sinceros, mein Herr: cuando el dolor nos trajo de vuelta, cuando nos puso delante del espejo y sin los refugios de vivir en otros, en el personaje que nos hicimos para ellos, en las palabras, viajes, ideas, músicas... entonces ya no había nada, nadie. Y lo sabemos además, sabemos que no nos traerá ningún fruto, que el dolor vendrá, se irá y no dejará nada, si acaso el miedo a oírlo otra vez llamando a la puerta... y el miedo a tener que abrir será por lo de siempre -somos humanos-, pero también porque el sufrimiento ya no nos enseñará nada ni tendremos los veinte: la visita del dolor será inútil y andará el mundo tan helado como las montañitas de allá arriba (señala con el dedo)... ¿Y lo que sacamos en este tiempo, en el Pabellón, además de la charla? Como mucho, mein Herr, que nos devuelvan más viejos y más lejanos de todo, más irónicos respecto a la abundancia de la vida y el caos y el ruido y la multiplicación, que es en verdad "lo natural", como usted dice. Pero sí, podremos volver a casa, olvidarnos de nuevo, como siempre, cuidar a otros por devoción -y porque ya no somos otra cosa- pero, sobre todo, les esconderemos y nos esconderemos las sombras, la propia muy especialmente... para que siga la danza. No somos jóvenes, no.
--- (Escuchándole, su amigo se ha girado hacia él; deja unos segundos de silencio, como sopesando lo que acaba de escuchar, antes de preguntar mirando a los ojos, inquisitivo) ¿Cuántos años le llevo, Hermann?
--- Sólo dos, mein Herr...

No hay respuesta, pese a la expectación. Los dos se recuestan en sus sillas de mimbre y miran al horizonte. Silencio prolongado.
--- (Como si hubiera caído en algo de repente) ¿Puedo preguntarle otra cosa, Hermann?
--- (Muy rápido en la respuesta, con cierto sobresalto) Por supuesto, mein Herr.
--- Siempre me lo he preguntado, lo hablaba con mi mujer el otro día... no sé si le molestará, es una pregunta que tenía que hacerle, espero que no le ofenda... En fin, se hará cargo. Es una duda pequeña, aunque le doy vueltas y más vueltas desde que le conocí a usted en... ¿1910?: (su amigo asiente; cinco segundos más tarde, como si no se atreviera a formularle la pregunta...) dígame, Hermann, ¿por qué ustedes los suabos abusan tanto del diminutivo?



martes, 6 de marzo de 2012

Plástico (Barrio de Pumarín, 1982)


Las manos del niño disponen las piezas sobre el marco de la ventana. Pequeños ladrillos de plástico que se ordenan en hileras, sobre la madera amarilla. Los círculos de encaje, sobresaliendo en la parte de arriba de cada uno de ellos, son ahora botones, forman líneas multicolor, un cuadro de mandos. Las manos del niño activan la combinación precisa. El tren sale y la realidad al otro lado es dinámica: el tránsito incansable de los peatones, algunos reconocidos, la mayoría simples extraños, empequeñecidos desde la visión de un primero en la calle Eugenio Tamayo, con el Naranco al final de la vía.
Una montaña frente al cristal de tu casa es un ser vivo cuando se tienen cinco años. Cambia más que la sucesión de señoras con bolsas de tela o los clientes -ropa de la década anterior, barba de tres días- en el bar con el cartel del Águila Negra: tiene una piel, la gama de colores varía en su falda y mucho más allá de lo estacional, hora a hora. Las nubes se le rompen en jirones, a media altura; los coches minúsculos lo surcan como parásitos; la nieve se le posa a veces y anuncia otro viaje, más real, con los padres y en un 600 rojo. Es también una especie de hito: aprendiste a leer el tiempo, a predecirlo, por la relación de señales sutiles que mantenía con el Naranco, una habilidad imprescindible para conducir este tipo de trenes, aunque no sepas por qué.

El viaje perfecto: ese cambio discrecional y lento sobre los raíles, con los elementos que permanecen, los más, fijando un paisaje, repitiéndolo sin fin, anexionado sentimentalmente, ladrillo de plástico a ladrillo de plástico, y dispuesto con tenacidad y por colores sobre el marco de una ventana, en el orden secreto de tu visión infantil.
El maquinista tiene cinco años, activa la combinación precisa y es el centro de un círculo, la punta del compás: el movimiento del tren no es una línea, gira en torno suyo.
-- "¡Recógeme esas piezas pero ahora mismo!".

Echarás de menos la montaña.


sábado, 18 de febrero de 2012

Carretera los Barrios, xunu del 93


Hai momentos asina. Nun tienen daqué especial, pero dexen ver la cadarma, la blima, el cartón del moñecu que tas siendo nel mundu, como si l'espeyu devolviera un reflexín inesperáu, cásique axeitáu, si eso ye posible. Surden averaos a la identidá, tieslo comprobao, nesi centru inestable metanes l'airón, y dicir que rellumen sedría un bilordiu con PVP. En tou casu, si rellumen, rellumen pa otros, enxamás pa uno mesmo.
Vamos dexalo en tresparencia y non siempre de les confesables, amás.

Baxábemos del pueblín y del llar au quedaren les mochiles, una aldea guapa y cuspida nel monte llionés, penriba los milenta metros d'altura. Yéremos tan mozos n'aquel Xunu del 93 (¿o yera'l 92? non, yera'l 93, sí, seguro...) que nin acarretamos botelles dende Xixón, nin botelles nin otres ferramientes de les que son vezu nos ritos iniciáticos. Nun hebo ritos. Pero sí que yera la primer vez que díbemos solos unos díes pa la casuca, tolos collacios, llonxe de families y esames, mazcaritos, tuteles adultes... ya inclusive de les pontes ruines qu'iguamos nesa edá, pa dir tirando, masque tremen y esbarrumben. Taben les nueves armes, val, lo que quieras, pero tamién les nueves fraxilidaes.

El momentu ye nuna curva y nunos segundos determinaos. Pues remembrar la posición de toos, lo que se taba falando (planes pal branu n'otros sitios inaugurales, vivíos por xente que yéremos namás que a medies), los escayos na cuneta, la roca caliza floriando pente los praos contra'l cielu mariellu, la facilidá de la baxada, dexase dir, la inercia polo pindio, tar y nun tar nel mundu (privilexu de mocedá), sabese vértice (de lo que seya, qué más te daba), o l'anarquía de dir pel mediu la carreterina (los nuevos poderes), al debalu, solu a la fin y acompangáu colos collacios que tamién taben y nun taben, cayendo -más que caminando- pa la villa grandona, la villa au díbemos ensayar nueves mentires adultes (a medies tamién, como con too)...
Esos segundos banales, ensin mayor xacíu, quedaron na memoria ensin porosidá denguna, bien intensos. Podríes fixar cada povisa nel aire y cada bachón nel asfaltu, la lluz, los xestos, les voces ayenes de cadún y el lladríu de los mastines na casa de la curva, pasada recién. Tresparente too y nicial, albidrando los teyaos de los nuevos pueblos per venir, nesi branu y nos siguientes. Tábemos mancaos -mancaba too- (y más que taríemos, les firíes sobre piel de verdá, non pelleyuca), pero esos segundos, los del entamu, yeren los del movimientu en comuña, bien paralelu (pol vacíu de cualquier partida, más que nada), el vértigu de tar no más alto de la montaña rusa y yá ensin frenu posible, xusto enantes de la primer baxada.

Cuasi venti años dempués, escribisti un poema falando d'ello: enverde piesllar el momentu, na curva los mastines, fíxose un abismu que calecía. Una y otra vez.



lunes, 13 de febrero de 2012

Un post-it: Cai Lluarca, nº13, 8:20 AM, 13-02-12


Bajas a primera hora y hace bastante frío. Te subes la cremallera de la chaqueta. Ajustas los guantes. Echas a caminar y ves el post-it amarillo en la puerta de cristal del número 13. El aviso está escrito con esmero y pegado por la parte interior, con una letra femenina, redondeada:

LAS PUERTAS
SE
CIERRAN