viernes, 3 de febrero de 2012

Carlos Barral, Calafell 1966 (túmulos, III)


En la foto de Muchnik, Barral está de espaldas a la mar doméstica. Va de marinero oficial, gorra calada, camiseta blanca de algodón, barba ahabiana, descalzo sobre la arena.

Siempre se habla del Barral personaje, identidad más o menos asumida con los años y muy de cara al público, demasiado amada por los interesados para ser completa (él mismo, Yvonne Hortet, etc.), incluso en la falsa ironía y distancia de llegar a matarlo, matarse nada menos, en su novela "Penúltimos Castigos" (1.983). Matar al personaje -el autor- para que viva más y para que la obra permanezca en el tiempo y más allá de él, esa comicidad última. No hay una compleción porque Barral cree que somos ante todo lenguaje y el lenguaje no tiene un cierre. No da ese paso, no tendría mayor sentido: la obra seguiría sin él, sigue.


CALAFELL. En la foto, tomada por el también editor Mario Muchnik en Calafell 1966, el personaje en su ceremonia es el que salta a la vista, el mismo que regía una de las últimas velas latinas del Mediterráneo (su "Capitán Argüello", la réplica del barco del padre) con el desaliño de los pescadores originales, el que recibía a los mayores escritores del planeta (Cortázar, García Márquez, Vargas Llosa) en su retiro natural, y que alternaba sin corte visible con los lugareños "porque conocía el nombre de los peces, aun de los más raros, y el de los caladeros, y las señas de las lejanas rocas submarinas".


LA FOTOGRAFÍA. A Calafell llegó por accidente homérico su padre, gracias a una galerna que le desvió la ruta. Han pasado más de cuarenta años. Es 1966 y Carlos Barral mantiene aún los ritos heredados (libros, Calafell, navegación, armas del Renacimiento); él mismo es padre ahora: Yvonette, su hija, una chiquilla, salta y pasa a su lado, el pelo revuelto por la velocidad. Ella es el presente, la fuerza, el impulso. Corre hacia el mar, la domus, a punto de saltar ese pequeño bloque de cemento en el que se sienta el padre. No hay intercambio entre ambos, sólo contraposición, porque ese bloque marca una frontera en el tiempo y los dos miran en direcciones opuestas.

BARRAL. Barral, en reposo y meditabundo, prematuramente envejecido a sus 37 ó 38 años, gastado por las luchas, los alcoholes y la visión central de una decadencia (la decadencia como axis mundi, ése es el motor). Barral mirando en línea de fuga a un lado del espectador y del propio fotógrafo, quizás hacia la casa que hoy acoge el Museu Casa Barral, la antigua botiga de pescadors, hacia el pasado reconstruido por su memoria de poeta y mitómano, un Calafell humilde y marinero que ya no existía hacía mucho y que en 1966 deviene urbe "vacacional", uno de los monstruos desarrollistas contra los que luchará en su etapa como político, sin éxito. Saber que se muere un mundo.

YVONNETTE. Yvonette mirando justo en la dirección opuesta, lanzada hacia los futuros y un mar que sí son los de ella, los domésticos. El niño es siempre nativo.


ARENA-AGUA. La arena que pisa Barral, sentado ahí: la materialidad doméstica y mediterránea, el padre perdido al comenzar la Guerra, la infancia de entonces, la sucesión, lo que tiene un peso y una historia.
Al otro lado del bloque de cemento, en la mitad superior de la foto y a su espalda: sólo un telón, el agua confundiéndose en el blanco del horizonte, fondos planos para el juego de veraneantes y bañistas minúsculos, como recortables, es decir, el lugar difuminado y ajeno que espera a Yvonette y hacia el que la niña corre en escorzo, y que ya nunca será el de él, no del todo.


PERSONA. Barral editor, sembrando las culturas contemporáneas de Europa en un erial, mientras el poeta oficia en Calafell agarrado a una mar milenaria, a medias mítica y apócrifa, a la necesidad de lo bello y transmitido y arrebatado por el tiempo en toda su fealdad (la Guerra, la Dictadura, la muerte, la especulación del paisaje, lo zafio). Saber que se muere un mundo. El Barral personaje es juez y parte de su poética, de la narración, como la persona. Ambos debían confundirse con los años, no había otro camino, pero no lo harán del todo, porque siempre hay esa parte que no es cognoscible, que no tiene fin, o esa parte que no le pertenece a uno mismo, ni siquiera inventándose.

Calafell, padre, Mediterráneo, amistad, transmisión, paternidad, velas latinas, étimos, culturas. Barral en su mundo poético como el pie en la arena trufada por los desperdicios de los nuevos veraneantes, la misma sobre la que en otros tiempos los pescadores deslizaban los bous y se hacían a la mar.

La fotografía de Mucknik, el paso del tiempo en dos eles ensambladas y afrontadas en la composición, la de Yvonette y la de Carlos, padre e hija: la fricción siendo el presente, Calafell 1966.




Queda el lenguaje, el gesto poético.
In memoriam.



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