viernes, 19 de octubre de 2012

Goldsboro, NC, 16 de Noviembre del 89


Cuando se lo conté, se dejó caer hacia atrás, la espalda suya -tan recta- contra el frigorífico, como para no derrumbarse, y soltó un bufido desganado y ruidoso, de los que ves salpicar al trasluz. Llevaba la bata de seda roja que le había regalado en el 85, por nuestro aniversario de boda, y nada más que la ropa interior. Nunca se abrochaba del todo -siempre se lo decía-, ni cuando llegaba Phil, el hijo pajillero de Margot... En fin.
--"Y qué más te dará a ti si me mira, ¿tienes miedo de que me lo tire o algo por el estilo? Por el amor de Dios, Bill, tengo 43 años, ese crío 15 ó 16 y tú y yo llevamos casados 21, Bill, 21... Que me mira, que me mira... ¿Me miras tú, acaso? Al menos él ve una mujer..."
Decía todo esto sin el menor énfasis y seguía con sus cosas. Decía "por el amor de Dios". Algunas mujeres del Sur aún lo dicen.

Me pareció muy delgada allí de pie, como de otro planeta. Los pómulos y las ojeras se le marcaban por la mañana, al levantarse. Se sopló el flequillo y miró a un lado, en dirección a los pequeños, borrándome del mapa, a mí y a lo que le había dicho. Estaba rota, podía oírla crujir. "Mamá, ¿llegamos tarde, mamá?" y la televisión demasiado alta, los dibujos animados y las peleas, las cucharas tintineando, el plástico arrugado del envase del cereal, las patas de las sillas... La pequeña pasó entre nosotros como una bala hacia el fregadero, azotada, derramando algo por el camino. Dejó allí el bol del desayuno y regresó con sus hermanos muy despacio, esperando el reproche, feliz tras pasar indemne -segunda vez- la línea imaginaria de Pa y Ma.
Siguió un buen rato evitándome la mirada, los brazos finos y nerviosos en cruz, hermosa, más hermosa que nunca, de pie junto al frigorífico viejo, con el sol entrando por la ventana como si no fuera 16 de noviembre y las pegatinas gastadas y los imanes de colores y la imitación en madera de la puerta envolvieran una madona del siglo XV. La deseé con fuerza -aún la deseaba así, en ocasiones-. Cómo no iba a desearla aquel niñato, cualquier crío de 16 en aquellos barrios podridos, cualquier hombre sobre la tierra, si era hermosa como una aparición, joder, e igual de improbable, y perfecta, y aún era mía. Aún.
Cuando giró la cabeza, sus ojos grises barrieron en un plano muy largo el suelo de la cocina (¿conocéis esas películas en blanco y negro?), hasta detenerse en mis pies. Me quemaba la piel de la cara. Me ardía. Tardó en levantarlos, poco a poco, recorriéndome como si yo le fuera vagamente familiar y nada más. Los dejó temblando sobre los míos -tres toneladas-:
--- "¿Y qué hacemos ahora, Bill? Dime, ¿qué vamos a hacer?"  

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